Francisco Molinos Sanz, Socio fundador de Zenergía (I)

Economía de Mercado (I)

Francisco MolinosErase una vez un gran mercado. En él se vendía todo lo inimaginable. Había comerciantes de todo tipo, productos venidos de los lugares más exóticos y artilugios creados por mentes asombrosas. Siempre había una necesidad que cubrir y un producto que ofrecer.

Funcionaba de tal manera que los productores enviaban su producción a unmercado mayorista donde se subastaba el género entre los distribuidores que se encargaban de acercar el producto a los puestos de venta para que elconsumidor final pudiese disponer de él.

Una de las partes más concurridas de ese mercado era la zona destinada a la venta de frutas y hortalizas, ya que era un producto accesible y necesario. De todo lo que se vendía, unas de las cosas más codiciadas eran las lechugas y las cerezas.

Ese mercado poseía un hecho diferencial. Consistía en que el precio de venta de todos los productos intercambiados lo establecía el último producto vendido, es decir, el producto más caro entre los más baratos. Y como el precio de las lechugas debería de ser menor que el de las cerezas, ocurría que se pagaban lechugas a precios de cerezas, con el consecuente aumento de beneficios al productor de lechugas.

Las lechugas, al por mayor, costaban 30 monedas de plata el kilo y las cerezas 150, había unos gastos de distribución que suponían 20 monedas de plata adicionales y otras 10 en conceptos varios.

Entonces, el precio final al consumidor debería de ser de 60 monedas para las lechugas y 180 para las cerezas.

Pero los grandes señores del mercado dijeron que tenían que regular y fijar el coste final de las lechugas y de las cerezas a 160 monedas de plata/kg, distribuidos en 130 monedas como coste del producto y 30 en gastos varios y distribución.

Y dado que en este mercado el precio final lo fija el último producto vendido, esto es, las cerezas, los productores de cerezas estaban perdiendo 20 monedas de plata por cada kilo vendido.

Entonces, el ávido productor de lechugas dijo que a él también le imputaban unos costes de 150 monedas/kg y que vende a 130 monedas/kg por lo que le están generando un déficit generado por latarifa regulada de 20 monedas/kg. Pero la realidad es que estaba ganando 100 monedas/kg.

Este productor, lleno de indignación, acude a los grandes señores reguladores del mercado insistiendo en demostrar sus pérdidas. Estos se apiadan de él y aceptan que se le adeudan 20 monedas por kilo de lechugas vendido.

Lo que realmente consigue es que cuantas más lechugas vende más gana. Y lo que es más importante,cuanto más vende, mayor es la cantidad que se le adeuda.

Un día, el productor de lechugas quiso cobrar todas las monedas de plata que se le adeudaban.

Entonces, si hay una deuda ha de haber un deudor. ¿Y quién era ese pobre infeliz?

Cada vez que el mercado abría sus puertas, el consumidor final le debe una cantidad nada despreciable al productor de lechugas, que no conoce de nada y las cultiva en tierras extraordinariamente lejanas de donde realiza sus compras para satisfacer las necesidades básicas de su hogar.

La deuda, como no se pagó de manera inmediata, generó unos intereses de demora innegociables. Aparte, los grandes señores, manifestando una extraordinaria memoria selectiva, obviaron que el comprador final de lechugas pagó de su bolsillo los arados usados para labrar la tierra donde se cultivaron las lechugas.

Y el gran señor tuvo un problema de exceso de liquidez instantáneo que lo solventó de manera extraordinariamente eficaz comprándose una cuadriga de ébano con asientos revestidos de piel de unicornio.

Todo esto funcionaba renqueantemente bien hasta que un día llegaron noticias de que al otro lado del mundo conocido unos grandes señores habían prestado unas monedas de plata que no tenían a alguien que las había usado para comprarse algo que no podía pagar no pudiendo a su vez devolver las monedas prestadas. Se corrió el rumor de que tarde o temprano las consecuencias de esa acción atravesarían mares y montañas y llegarían a nuestro mercado.

Y ese día llegó.

Los grandes señores necesitaban más y más monedas de plata para poder cuadrar sus cuentas y pagar a sus deudores y decidieron extraerlo concienzudamente de los bolsillos del usuario final.

Al productor de lechugas todo esto no le afectó, él se había acostumbrado a su cuadriga de ébano, incluso se compró alguna más, ya que suplicó, amenazó, coaccionó y convenció, dicen las malas lenguas que en ese orden, a los grandes señores de que la auténtica víctima era él.

La situación final quedó en que el comprador de lechugas tiene que soportar una deuda que no contrajo viéndose obligado a pagarla de manera aplaza de manera indefinida.

Otros grandes señores se dedicaban a transportar toda la mercancía producida, otros a distribuirla y otros eran propietarios del puesto en el mercado. Lo cierto es que se descubrió que todos pertenecían al mismo señorío, así se acaparaba toda la cadena de valor al completo.

Pero de repente apareció un productor de frutas y hortalizas al que nadie conocía. La gente rumoreaba cuando pasaba junto a él, algunos se acercaban a su puesto a ver que ofrecía y otros lo tomaban por loco al escuchar sus precios y que el mismo cultivaba sus propios productos.

Aun así, al dar a probar al público su género, la gente constató que la calidad de los mismos era excepcional pero el precio era excesivamente caro.

El, demostró que conforme más productos vendía, sus costes de producción disminuíanrepercutiendo en una mejor oferta al usuario final y la gente empezó a comprarle a él en vez de a los tradicionales vendedores.

Desde su atalaya, los grandes señores veían esto y empezaron a fabricar en su interior acibar amargo en vez de sangre viendo peligrar su oligopolio. Pero como existía una deuda reconocida y comenzada a pagar a su favor, achaca todos sus males habidos y por haber al recién llegado, incluso los existentes antes de su aparición.

Los grandes señores, tras escuchar nuevas quejas de los señores vendedores, deciden atacar al nuevo mercader dado que amenazaba con desplomar una oligarquía montada sobre unas bases reguladas de mercado.