El ciudadano global, en peligro de extinción. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de conectarnos con el mundo. Sin embargo…
Sandra Lois, AFS Intercultura
Podemos estudiar idiomas desde una aplicación, asistir a una clase con alumnos de varios países a través de una pantalla y trabajar mañana para una empresa situada a miles de kilómetros de nuestra casa. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de conectarnos con el mundo. Sin embargo, corremos el riesgo de conocerlo cada vez menos.
Porque una cultura no se aprende únicamente viajando. Se aprende sentándose a desayunar en una mesa diferente a la propia, intentando comprender por qué alguien piensa de otra manera, acostumbrándose a otras normas familiares, celebraciones, horarios, comidas o formas de relacionarse. Se aprende, en definitiva, conviviendo.
Y ahí las familias anfitrionas desempeñan un papel que quizá no estamos valorando lo suficiente.
Cada familia que abre su casa a un estudiante extranjero hace mucho más que ofrecerle una habitación durante unos meses. Le permite entrar de verdad en otra sociedad. Le obliga —en el mejor sentido de la palabra— a salir de su burbuja, escuchar, adaptarse, preguntar y comprender.
Saber idiomas ya no basta
Durante años hemos asociado la internacionalización de los jóvenes con aprender inglés, estudiar fuera o incorporar una estancia internacional al currículo. Todo eso sigue siendo importante. Pero el mercado laboral al que se incorporarán nuestros estudiantes exige bastante más.
Las empresas necesitan profesionales capaces de trabajar con personas que piensan, se comunican y toman decisiones desde marcos culturales distintos. Necesitan adaptabilidad, pensamiento crítico, flexibilidad, capacidad de escucha y empatía. Los conocimientos técnicos continúan siendo imprescindibles, pero han dejado de garantizar por sí solos que una persona sepa desenvolverse en un entorno global.
Podemos formar excelentes ingenieros, médicos, economistas o profesionales tecnológicos. Si no les damos oportunidades para enfrentarse a lo diferente, estaremos formando perfiles académicamente preparados, pero con menos herramientas para comprender el mundo en el que tendrán que trabajar.
Ese es uno de los grandes valores de los programas de intercambio. Un joven que pasa meses integrado en una familia de otra cultura descubre muy rápido que su manera de hacer las cosas no es la única posible. Aprende a negociar pequeñas diferencias cotidianas, interpretar otros códigos, superar malentendidos y mirar determinadas situaciones desde perspectivas que hasta entonces desconocía.
Familias que educan sin proponérselo
Las familias anfitrionas son voluntarias y forman parte esencial del modelo educativo. Reciben en su hogar a jóvenes de otros países para integrarlos en su vida cotidiana como un miembro más de la familia. La propia convivencia se convierte así en una experiencia de aprendizaje para todos los que participan en ella. El estudiante que llega aprende, pero la familia que recibe también cambia.
De pronto, el mundo entra por la puerta de casa. Los hijos conviven con otra nacionalidad sin viajar. Los padres descubren otras costumbres. Surgen preguntas, conversaciones y, seguramente, algún desacuerdo. Todo eso forma parte de una educación intercultural que difícilmente puede reproducirse en un aula.
Si disminuyen las familias dispuestas a acoger, perdemos algo mucho más importante que plazas en programas de intercambio. Reducimos las oportunidades de miles de jóvenes para adquirir una experiencia humana que puede acompañarlos durante toda su vida.
Una responsabilidad compartida
Aquí existe también un espacio para la responsabilidad social de empresas, instituciones y centros educativos.
Apoyar programas de educación intercultural, facilitar becas, involucrar al talento interno o contribuir a que estas experiencias tengan continuidad significa invertir en los profesionales y ciudadanos que necesitaremos dentro de unos años. Una colaboración estable permite, además, generar un impacto social más profundo y ampliar estas oportunidades a jóvenes con realidades económicas diferentes.
Hablamos mucho de preparar a las nuevas generaciones para la globalización, para la inteligencia artificial, para profesiones que todavía no existen. Quizá, mientras miramos hacia ese futuro, estamos olvidando una competencia mucho más elemental: aprender a convivir con quien es diferente.
El ciudadano global no se fabrica con un pasaporte lleno de sellos. Se forma cuando descubre que el mundo puede observarse desde muchos lugares.
Y para eso, a veces, basta con que una familia decida poner un plato más en la mesa.
