Tribuna

Autenticidad no es suficiente: lo genuino como compromiso sostenido

Alberto Barreiro

Autenticidad no es suficiente: lo genuino como compromiso sostenido. Vivimos en una época que ha convertido la autenticidad en un espectáculo

Alberto Barreiro, VML The Cocktail

Se la invoca como valor diferencial, se la exhibe como atributo identitario y se la integra en discursos de marca, liderazgo y propósito como si bastara con enunciarla para que exista. Todo parece aspirar a “sonar auténtico”. Sin embargo, cuanto más se multiplica esta estética de lo real, más se diluye aquello que verdaderamente importa: la integridad. Y es que una cosa es parecer auténtico y otra muy distinta es serlo.

De hecho, la pregunta radica en si puede existir autenticidad hacia fuera sin coherencia hacia dentro. La experiencia demuestra que sí es posible construir narrativas convincentes sin una base ética sólida; emocionar sin comprometerse; y generar adhesión sin asumir consecuencias.

Esta es una de las paradojas centrales del ecosistema contemporáneo: la autenticidad se ha vuelto performativa, diseñada para producir impacto inmediato, pero desvinculada de la coherencia sostenida en el tiempo.

En este contexto, la autenticidad ha dejado de ser una práctica para convertirse en una cualidad de superficie. Una capa estética destinada a acelerar la confianza en entornos donde no hay tiempo para verificar trayectorias ni observar decisiones a largo plazo. Pero la confianza real nace de la repetición consistente de actos alineados con lo que se dice, lo que se decide y lo que se hace. Y esa alineación sólo puede evaluarse con el paso del tiempo.

Precisamente, en lugar de hablar de autenticidad, resulta más pertinente hablar de lo genuino como una categoría más rigurosa.

Lo genuino es relacional

Se define por el efecto que produce en el encuentro con otros. En un mundo de conectividad acelerada, regido por lógicas algorítmicas utilitaristas y extractivas, la relación genuina es aquella que no busca extraer valor, sino generar resonancia.

Nunca hemos tenido tantos datos, tantas interacciones registradas ni tantos puntos de contacto. Y, sin embargo, pocas veces algo nos afecta de verdad. Conexión sin resonancia es ruido. Interacción sin transformación es transacción. Una cultura construida únicamente sobre transacciones termina vaciándose de sentido, porque el valor no se agota en el beneficio obtenido, sino que se completa -o se pierde- en la calidad de la relación que lo hizo posible.

Lo genuino implica riesgo

Supone exponerse a ser transformado por el otro, aceptar la interdependencia como condición de partida y renunciar al control absoluto del resultado. Por eso, resulta tan difícil de sostener en sistemas obsesionados con la optimización, la eficiencia y la previsibilidad. Una relación genuina no se puede escalar sin perder algo esencial, no se puede automatizar por completo ni responde con precisión a métricas estandarizadas. Sin embargo, transforma, y esa transformación -invisible en el corto plazo- constituye su verdadero valor.

Trasladado al plano organizacional, y también al personal, esto exige abandonar la idea de la autenticidad como atributo comunicable y empezar a entenderla como una postura ética. La integridad no se proclama: se demuestra. Se expresa en la coherencia sostenida entre discurso, acción y decisión, incluso cuando hacerlo tiene un coste. Incluso cuando nadie observa. Incluso cuando renunciar sería más conveniente que resistir.

Por ello, conviene dejar de preguntarnos si una organización, un liderazgo o una voz pública “parecen auténticos” y empezar a observar si son consistentes. Desplazar la pregunta del “¿suena real?” al “¿es coherente?”. Examinar si sostienen sus principios cuando cambian las condiciones, si están dispuestos a renunciar a oportunidades que comprometen su coherencia, si aceptan pérdidas inmediatas para preservar sentido a largo plazo.

Lo genuino comienza en la renuncia silenciosa

No en la declaración de intenciones, sino en las decisiones que los ponen a prueba. Lo genuino busca ser sostenido. Y en tiempos de simulación constante, ese compromiso -discreto, costoso y persistente- se ha convertido en una de las formas más escasas y valiosas de confianza.

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