El riesgo añadido de la COVID-19 en países sin agua potable

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Desde el 1 de enero hasta el 14 de marzo, día en que se decretó el estado de alarma, AUARA ha construido tres pozos en Gambia y Benín, generado en total 5 millones de litros de agua que cambiaron la vida a 900 personas (por cada litro de agua mineral que vende, es capaz de generar cinco litros de agua potable en comunidades desfavorecidas), y ahorrado a mujeres y niños 127.500 horas dedicadas a caminar con bidones en busca de agua a fuentes no seguras.

Con el cierre de las empresas, hoteles y establecimientos de hostelería y restauración, AURA vio frenada su actividad económica y paralizada la posibilidad de seguir adelante con sus proyectos sociales, lo que hará difícil alcanzar sus previsiones de haber generado 13,6 millones de litros de agua potable este año, que podrían haber beneficiado a cerca de 20.000 personas y ahorrado hasta 335.000 horas de largas caminatas cargando con pesados bidones.

Ahora, la compañía trata de restablecer poco a poco su actividad habitual con preocupación por los efectos que el COVID-19 tendrá en países en vías de desarrollo sin acceso a agua potable, un recurso vital tanto para suministrar a los enfermos como para el lavado de manos que resulta elemental para prevenir contagios. A través de las organizaciones sociales con las que colabora en terreno le llegan testimonios alarmantes que apuntan a que los efectos directos e indirectos del coronavirus provocarán una verdadera crisis humanitaria.

“Lo que nos cuentan nuestros socios en países como Kenia, Congo o el Chad nos hace pensar que el avance de la pandemia en estos países va con retraso respecto a los países industrializados, y que explosionará en breve. Sus sistemas sanitarios son precarios y apenas se están realizado tests. Pero José Andrés Luque, de la ONG Virunga en República Democrática del Congo, nos dicen que allí han empezado ahora a realizarlos, y de cada 120 pruebas, 90 dan positivo. Dada la delicada situación por la que de por sí atraviesa este país, no tener agua puede ser devastador” Antonio Espinosa de los Monteros, CEO y cofundador de AUARA

La COVID-19 en un escenario de pobreza extrema

Las medidas de confinamiento adoptadas por estos países, la paralización de su escasa actividad económica (incluidos los proyectos de cooperación basados en el desarrollo de infraestructuras) y el cierre de los colegios (en muchos casos gestionados por ONG internacionales, y únicos lugares donde muchas familias tienen acceso a agua potable, a través de pozos o tanques de recogida de agua de lluvia instalados gracias a proyectos financiados por AUARA), suponen para estas poblaciones un agravamiento de su situación, ya de por sí delicada.

“Trabajamos con comunidades muy pobres que cuentan con ingresos de menos de 1€ al día. La economía ya se ha visto afectada, y el COVID-19 hará que las tasas de mortalidad aumenten por no tener cubiertas sus necesidades básicas. Hay que destacar el sistema sanitario tan debilitado que hay en Kenia y la dificultad para acceder a él. Día tras día, miles de personas mueren en África por brotes de diferentes enfermedades, y el COVID-19 agravará esta situación, por lo que ahora todas nuestras actividades se centran en la ayuda humanitaria y en evitar su contagio y propagación” Sara Mena, técnica de Cooperación de la Fundación Kirira

“El alcance de las consecuencias dependerá de cómo evolucione el número de personas infectadas y de las nuevas medidas que se adopten. Ahora mismo, la escasez de puntos de agua que permitan mantener la higiene necesaria para prevenir el riesgo de contagio, la desinformación sobre la enfermedad y la falta de material de protección son los problemas más acuciantes de las comunidades con las que trabajamos, y las mujeres sufren de manera diferenciada estos riesgos” Teresa Díez, técnica de Cooperación Internacional para África y Asia de la ONG ALBOAN

A ello se une el riesgo de bloqueo de las ayudas internacionales, de las que dependen muchas ONG, cuyo apoyo a estas comunidades más desfavorecidas es ahora más importante si cabe. “Tanto desde Kirira como desde ALBOAN nos trasladan que muchas de esas subvenciones aún no se han convocado este año, y alertan de que un desplome de los presupuestos de cooperación por parte de las administraciones públicas supondría el cese de muchas de sus actividades”, apunta Espinosa de los Monteros.

Del mismo modo, las restricciones a los viajes internacionales impedirán que se desarrollen con normalidad los programas de voluntariado este verano, lo que representa una preocupación añadida para muchas organizaciones y una gran pérdida de oportunidad para muchas comunidades que esperan cada año con impaciencia la llegada de los voluntarios. Es el caso de la ONG Sauce, creada en Camboya por el jesuita Kike Figaredo, que por primera vez en 15 años este verano no podrá celebrar su programa de voluntariado para los niños de las comunidades y pueblos de la Prefectura, en el norte del país, como explica Teresa Llana, vicepresidenta de Sauce.

Ante esta compleja situación, hay que seguir apoyando, tanto con fondos públicos como con el esfuerzo individual de tantas y tantas personas solidarias, a las ONG que trabajan en estos países en vía de desarrollo.

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